El sacerdote cerró los ojos y comprendió: no habÃa escuchado una confesión. HabÃa presenciado la crónica de un poder enfermo. Y en ese instante supo que la verdad, aquella que habÃa abandonado a ese pobre hombre y que decÃa doblar, seguÃa viva, respirando en el viento helado de San Marino, resistiendo, esperando.